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Cada vez que tomamos un antibiótico en la dosis adecuada estamos eliminando las bacterias que en ese momento nos producen alguna infección. Pero también sucumben las bacterias «buenas» que viven en nuestro organismo, como las que forman parte de la flora intestinal. Y lo que es peor, las que sobreviven son las que han logrado resistir al fármaco. Así las estamos convirtiendo sin querer en potenciales enemigas, que pueden pasar la información genética que las hace inmunes a otros agentes patógenos.
Es lo que está empezando a ocurrir con «E. coli», una bacteria que coloniza nuestro intestino y que ya es capaz de burlar a los antibióticos más modernos. «Aunque parece bastante inocente, es seguramente el microorganismo que más mata entre los resistentes», señala Fernando Baquero, jefe de Microbiología del hospital Ramón y Cajal de Madrid, que es el presidente del Grupo Europeo para la Vigilancia de la Resistencia a los Antibióticos. Y es que, si en la mayoría de las personas el sistema inmunitario es capaz de mantener a raya el crecimiento de estas bacterias comensales, incluidas las resistentes, en pacientes hospitalizados con una inmunidad debilitada, pueden llegar a provocar infecciones muy graves.
Igual ocurre con otro morador habitual del intestino, el enterococo («Streptococcus faecalis»), que ya es resistente a varios antibióticos. Aunque la «estrella» del momento, en lo que a bacterias inmunes se refiere, es la «Staphylococcus aureus» resistente a meticilina (MRSA), que, según los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de Atlanta, causó 18.600 muertes en Estados Unidos en 2005 —más que el sida—, la mayoría personas mayores de 65 años.
Esta «superbacteria» parece haber salido ya de los hospitales, donde producía la mayoría de las infecciones. El pasado mes de octubre hizo saltar la alarma en el Estado americano de Virginia, donde tras la muerte de un estudiante de 17 años se cerraron 21 centros escolares para su desinfección.
La automedicación es uno de los factores que contribuyen al aumento de resistencia a los fármacos entre los microbios. Un aspecto que atañe especialmente a los países del sur de Europa, incluido el nuestro, que presentan las tasas de autoprescripción más altas. Según una encuesta reciente, el 37 por ciento de los españoles pide habitualmente en su farmacia antibióticos sin receta médica, y en el 80 por ciento de los casos los obtienen. Las personas con edades entre 40 y 60 años son las que más arraigado tienen este peligroso hábito.
Una cifra preocupante si se tiene en cuenta que, según otra estadística, más del 40 por ciento de los europeos no saben que los antibióticos son ineficaces frente a las infecciones provocadas por virus. Y es que, como recuerda el doctor Baquero, «los antibióticos son fármacos difíciles de manejar y hay que saber muy bien para qué se utilizan, qué dosis hay que tomar y a qué tipo de pacientes deben prescribirse. No es una decisión que se pueda popularizar, como tomarse una aspirina».
Advierte este experto que en el momento actual España se encuentra entre los países con peor índice de resistencia a antibióticos. «Aunque en los hospitales estamos por ahora al nivel medio europeo, fuera de ellos tenemos las tasas más altas. España está todavía en el rango de los países peligrosos en cuanto a resistencia a antibióticos», matiza. Por regiones, Madrid es la que más se acerca a la media europea, mientras que Valencia, Andalucía y Extremadura cuentan con mayor número de microorganismos resistentes. Por eso Baquero considera muy acertada la campaña iniciada por el Ministerio de Sanidad para fomentar el consumo responsable de estos fármacos.
El doctor Josep Vaqué, director del Estudio de Prevalencia de las Infecciones Nosocomiales en España (Epine), corrobora que las infecciones por bacterias que no responden a los antibióticos está aumentando. «En España casi un 50 por ciento de los estafilococos dorados (S. aureus) ya son resistentes, aunque de momento en los hospitales se les está haciendo frente con éxito, porque los servicios de Prevención permiten detectar los casos con rapidez y aislar inmediatamente a los pacientes». Sin embargo, en su opinión, se están llevando a cabo pocas actuaciones desde la Administración. Para este experto, el mayor peligro estaría fuera de los grandes centros sanitarios, en residencias geriátricas que no lleven un buen control de las infecciones.
Señala Vaqué que el consumo de antibióticos en los hospiteles también está subiendo. Según revela el último Epine, se ha pasado del 33,8 por ciento de 1990 al 40 por ciento de pacientes tratados con antimicrobianos en 2006. Cifras excesivamente altas si se comparan con las de los hospitales ingleses, que se mantiene en torno al 20 por ciento.
Bruno González Zorn, investigador de la Universidad Complutense, ha coordinado recientemente un encuentro internacional celebrado en Segovia que llevaba por título «Ecología de la resistencia a antimicrobianos». Señala Zorn que desde que empezó la producción industrial de antibióticos y detergentes bactericidas se está favoreciendo la proliferación de microorganismos resistentes en nuestro intestino, en el de los animales y en el medio ambiente.
De las mil especies de bacterias intestinales inocuas, sólo conocemos bien una veintena de ellas y probablemente ahí resida el arsenal que dota a los microorganismos patógenos de armas para salir indemnes frente a los fármacos. Y es que, explica, los patógenos tienen una gran facilidad para integrar información genética de otras bacterias en su genoma, entre ellas, la que les hace resistentes a los antibióticos.
Por eso las conclusiones del encuentro de Segovia apuntaban hacia dos frentes: el conocimiento de la ecología de los microorganismos dentro y fuera del organismo y la detección precoz de los mecanismos de resistencia frente a los antibióticos emergentes.
Así se podrá hacer frente a epidemias potenciales como la de la tuberculosis resistente a múltiples fármacos. Aunque de momento sólo constituyen un 4 por ciento del total, expertos de la OMS advierten que en algunos países como la Unión Soviética se sitúan ya en un 20 por ciento. Lo que podría dejarnos en una situación de indefensión frente a los patógenos similar a la que se vivía en la era preantibiótica.