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Los Biotecnólogos y el Mito del Científico Objetivo

Víctor M. Toledo

Se acostumbraba pensar al sacerdote como un hombre piadoso, al político como bienhechor, al médico como apóstol de la salud y al científico como ser racional. Se olvidaba que, aunque todos ejecutan un juramento de gremio, "el hábito no hace al monje". Hoy, está comprobado, hay curas acusados de abuso sexual, políticos corruptos, médicos que se enriquecen a costa de sus pacientes y científicos que actúan subjetivamente, es decir, que se comportan siguiendo las pautas de lo irracional.

La discusión y promulgación de la Ley de Bioseguridad ha servido para poner en evidencia la irracionalidad de muchos científicos que participaron en el debate. Aquella idea mítica del científico como un ser equilibrado, justo, sabio y objetivo quedó de nuevo bajo tierra. Una revisión de los textos y entrevistas de los principales biotecnólogos que defienden el uso de los organismos genéticamente modificados (OGM) servirá para ilustrarlo.

El análisis revela un compendio de falacias, trampas e inmoralidades, y son un ejemplo bastante didáctico del arquetipo del investigador especializado, incapaz de reconocer la complejidad de la realidad, o bien de un científico influenciado y finalmente ganado a un proyecto económico corporativo.

Como todo científico sabe, o debería saber, una falacia es un razonamiento válido cuya conclusión, sin embargo, resulta falsa porque ha utilizado, voluntaria o involuntariamente, una premisa que no es verdadera. Varias de las principales tesis esgrimidas por los biotecnólogos (L. Herrera-Estrella, F. Bolívar Zapata, J.L. Solleiro, X. Soberón), durante el debate constituyen sendas falacias.

Las encabeza sin duda la tesis apostólica de que los OGM son una tecnología que contribuirá a incrementar los alimentos y a superar el hambre del mundo. La tesis comienza a derrumbarse cuando se comprueba que las plantas transgénicas comercializadas fueron diseñadas para tolerar herbicidas, resistir insectos, hacer ambas cosas o enfrentar virus para las regiones con agricultura industrializada de Estados Unidos, Canadá y Argentina, es decir, constituyen una simple "tecnología de salvación" frente a la crisis ambiental, energética y productiva de los extensos monocultivos con base en pesticidas, riego y maquinaria de la agricultura industrial.

No hay, hasta donde se sabe, ningún intento por crear transgénicos para las regiones campesinas del mundo (que representan de 60 a 80 por ciento de las áreas productoras de alimentos). Ahí, en los complejos policultivos tradicionales, ricos en diversidad genética de plantas y animales, los OGM son poco atractivos para los campesinos por la sencilla razón de que o no los pueden comprar, o no los necesitan, o disponen de una docena de soluciones ya probadas a los problemas, que son más baratas, accesibles y, sobretodo, de menor o nulo riesgo.

La tesis se hace pedazos cuando se comprueba que 90 por ciento de las milagrosas plantas las venden, y no ciertamente baratas, cinco gigantescas corporaciones (Monsanto, Dupont, Bayer, Dow y Syngenta), las cuales por cierto son las mismas que décadas atrás promovieron el uso de pesticidas y las que hoy controlan 70 por ciento del mercado de agroquímicos.
En realidad, esta tesis falaz surge, a su vez, de otra falacia, esta vez de carácter epistemológico. Pensar que un gen, un nucleótido o una molécula de ácido nucleico lograrán resolver un problema de tal nivel de complejidad como es el hambre del mundo, que es un fenómeno resultante de un intrincado sistema de factores, resulta de una ingenuidad pasmosa.

Ello surge, como ha explicado J. Muñoz, del carácter reduccionista y simplificador de la biotecnología moderna que fetichiza el papel del gen y lo eleva a una suerte de "elemento supremo", negando de paso la existencia de los factores evolutivos, ecológicos, culturales, económicos, históricos, jurídicos, o geo-políticos que determinan el problema. En este caso, una mezcla de triunfalismo y soberbia tecnocráticas hacen desaparecer la prudencia y responsabilidad que deberían caracterizar a un hombre o mujer de ciencia.

La extraña resistencia a considerar a los OGM como "contaminantes genéticos", no obstante la llegada de las evidencias en torno al maíz, a la mariposa monarca y más recientemente a la canola (véase Nature del 21 de marzo) constituye otro argumento falso que sirve para justificar una conclusión insostenible. En este caso, los biotecnólogos se convierten súbitamente en avestruces mediante frases como: que los OGM son el producto de "...un método biológico y por tanto natural" (Herrera-Estrella y Martínez-Trujillo, 2004: 31), "tienen siglos entre nosotros" (X. Soberón, 2002: 4), o "los genes están ahí desde hace millones de años, nosotros simplemente los pasamos de uno a otro organismo..." (Bolívar Zapata, 2005: 5).

Lo anterior lleva a llamar tramposamente a los OGM "insecticidas biológicos", "bio-remediadores" o inductores de una "agricultura más amigable con el ambiente y la biodiversidad" cuando en realidad se trata de artefactos (L. Olivé), gestados por la manipulación humana, que conllevan el riesgo de modificar de manera impredecible los genomas de otros organismos.
La posición de los biotecnólogos de considerar como "natural" el traslado de un gen de un organismo al genoma de otro (por ejemplo de una bacteria a un animal, de un animal a una planta, etcétera) no resiste una discusión seria. Siguiendo esa lógica, la creación humana de engendros ("criaturas informes que nacen sin la proporción debida"), tales como los "superratones" (con genes humanos), la "cabrioveja", las plantas de tabaco con luz de luciérnagas y otras muchas invenciones biotecnológicas que desbordan con creces la imaginación, serían igualmente "naturales"
.
Estas falacias, que fueron refutadas en varios foros y publicaciones científicas, siguieron presentes en la boca de los biotecnólogos, como si la discusión racional y el pensamiento lógico estuvieran ausentes. Llama notablemente la atención, la posición de F. Bolívar Zapata, quien desde sus primeras hasta sus más recientes declaraciones (compárese su artículo en Este País de noviembre del 2002 con su entrevista en Investigación y Desarrollo de La Jornada, de marzo de 2005), repitió sin variación las mismas tesis falsas, ignoró olímpicamente la participación de científicos contrarios a su visión, y se ahorró de paso la incomodidad de discutir y refutar sus argumentos.

Otro hecho irracional fue creer, y hacer creer, que el debate sobre los organismos genéticamente modificados (OGM) se dio solamente entre los "inmaculados" investigadores de la biotecnología y un puñado de inconformes ecologistas, vociferantes e iracundos, carentes de argumentos científicos. Esta idea falsa prevaleció en el imaginario de los biotecnólogos (y fue adoptada por sectores de la opinión pública), no obstante la creciente participación de científicos con posiciones contrarias.

Ejemplos: el seminario convocado por la Universidad Nacional Autónoma de México en noviembre de 2002 (véase el libro Alimentos transgénicos, Siglo XXI, 2004), reuniones de la Comisión de Bioseguridad (Cibiogem) y el seminario de El Colegio de México (enero de 2005). Los puntos de vista de numerosos investigadores se hicieron públicos en manifiestos periodísticos, como el del 7 de febrero, firmado por 90 científicos, y en el documento de la Comisión de Cooperación Ambiental elaborado por 17 reconocidos investigadores de Estados Unidos, Canadá y México. Estos hechos fueron ignorados por la Academia Mexicana de Ciencias, la cual se abstuvo de promover, como era su obligación, un debate amplio y sustancioso sobre la ley.

Aunque no fue el caso, los tiempos en los que la palabra de los "expertos" era la única válida están pasando a la historia. Hoy las sociedades civiles exigen presencia y participación (voz y voto) en las decisiones de proyectos de desarrollo e innovaciones diversas (en México ha sido el caso de las comunidades indígenas), de tal suerte que los científicos se están volviendo un actor más, no el más importante o el decisivo, en las instancias que toman las decisiones.

Hay todavía un hecho incontrovertible que los biotecnólogos que defienden la tecnología de los transgénicos, y pontifican sobre sus virtudes, tienden a olvidar, ignorar o pasar por alto: con muy pocas excepciones, todos los problemas que los transgénicos pretenden resolver en la agricultura (plagas, suelos poco fértiles, sequía, lluvias erráticas, etcétera) se logran remontar mediante métodos agro-ecológicos de manera más barata, independiente y segura, y a partir de los recursos locales y el conocimiento acumulado por las culturas indígenas o rurales.

La agroecología, que es un enfoque de investigación interdisciplinario, participativo (en tanto integra al productor al proceso de investigación), respetuoso de los conocimientos locales, tradicionales o indígenas, y buscador del bienestar de los productores rurales y los consumidores de las ciudades, está llamada a jugar (ya está jugando) un papel central en la construcción de una vía alternativa de modernización rural.

Por ello, como he señalado en varias publicaciones, la agroecología y la bio-tecnología (en su modalidad dominante) operarán cada vez más como las antípodas de dos "tradiciones de investigación" o "paradigmas" en competencia, por la razón de que representan dos maneras radicalmente opuestas de concebir la ciencia, sus aplicaciones sociales y sus significados culturales y éticos. Ello no impide la búsqueda de alternativas en las que ambas tradiciones logren complementariedad, pero ello dependerá de que la biotecnología se desprenda mediante una severa autocrítica de sus tentaciones mercantiles y sus obsesiones de dominio del mundo natural.

En resumen, todo indica que mediante la Ley de Bioseguridad los biotecnólogos legitimaron, junto con los legisladores, una nueva forma de contaminación (genética), y coadyuvaron con sus argumentos y tesis a lograr la entrada de las corporaciones al mercado del sector agroindustrial de México. Por desgracia los principales biotecnólogos que debatieron nunca lograron deslindarse de las posiciones impulsadas por los aparatos de propaganda de las empresas transnacionales. Los biotecnólogos pudieron haber exigido el derecho a realizar investigación sobre los OGM, lo cual no sólo es legítimo sino necesario, sin tener que pronunciarse por su comercialización, lo cual los hubiera situado como un sector independiente, sin compromisos con las empresas corporativas.

Como ha venido sucediendo en los países industrializados desde la mitad del siglo XX, científicos, políticos y empresas industriales volvieron a aliarse para imponer a la sociedad una tecnología de alto riesgo, pero de gran rentabilidad económica entre los sectores de productores agroindustriales o "modernos", pero con impredecibles impactos en las regiones campesinas y en las áreas naturales, protegidas o no, generalmente con alta biodiversidad. Ello recuerda de inmediato los casos de la energía nuclear y de la "revolución verde" (basada en el "control" con agroquímicos y maquinarias).

El fenómeno, que no es nuevo para el mundo, pero sí para México, debería motivar la reflexión, seria y autocrítica, entre los 750 biotecnólogos que según se dice existen en el país. Ello permitiría el deslinde de una investigación biotecnológica con verdadero sentido social, dirigida a resolver los problemas de la nación (rurales, urbanos e industriales), impulsando un estilo original y responsable de hacer ciencia, y sobre todo de bajo riesgo.

Aquellos tiempos en los que cualquier científico tenía garantizados el reconocimiento y la aceptación de sus ideas han quedado en el pasado. Hoy, cuando la modernidad se vuelve cada vez más una "fábrica de riesgos" (U. Beck), las innovaciones científicas y tecnológicas deben ser evaluadas y escudriñadas por la sociedad por entero y las posiciones de los expertos deben ser confrontadas. Lo anterior es especialmente cierto en el caso de la biotecnología, pues, como ha señalado Jeremy Rifkin en su estremecedor libro El siglo de la biotecnología, esta nueva rama de la ciencia "extiende el dominio de la humanidad sobre las fuerzas de la naturaleza, como ninguna otra tecnología en la historia, con la sola excepción de la bomba nuclear". Vista en esta perspectiva, la aprobación de la Ley de Bioseguridad no es más que el inicio de lo que será, cada vez más, una cruenta batalla.

 

 
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