GANADERÍA

Ganadería en crisis

http://www.laopinion-rafaela.com.ar/opinion/2007/08/13/b781301.php

Argentina se ha acostumbrado a vivir pensando en cuestiones coyunturales, de esas que requieren reacciones veloces, poco pensadas y, en la mayoría de los casos, contraproducentes en el mediano y largo plazo.

Sin poder, querer, ni saber, cómo articular políticas que marquen el rumbo a seguir, el país y sus habitantes han navegado aguas turbulentas la mayor parte de su historia.

El caso de la ganadería no es una excepción, sino más bien parte central de la regla. Pese a ser considerada una de las naciones privilegiadas a la hora de producir carne, sus productores rara vez encontraron condiciones favorables para desarrollar su actividad de la mejor forma.

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Esto, finalmente y junto a muchas otras crisis sectoriales -agricultura, industria, política, etc.-, no posibilitó que el país despegue, fluctuando continuamente entre el fondo y la mitad de la tabla de un imaginario ranking de naciones.

En la actualidad, la ganadería no atraviesa precisamente por un buen momento. A la limitación en las exportaciones, propiciada por el Estado, se suman numerosos problemas al interior de la cadena, que mantiene concentradas a las partes en incansables luchas que poco aportan a la resolución del sistema productivo.
Incapaz de resolver estas cuestiones, el sector ganadero se enfrenta a su vez a un gobierno que también impuso e impone severas presiones para evitar que el precio en el mercado interno no se dispare, y por contrapartida no perfila políticas públicas para promover y mejorar la actividad, con el objetivo esencial de incrementar la producción.

Precisamente, ese es el tema que más preocupa por estos días. Diversos analistas y expertos vienen denunciando, con mayor fuerza en el último tiempo, acerca de una situación irregular que, si bien sirve para paliar dificultades coyunturales, abre la puerta a una nueva y peligrosa crisis estructural.

El problema, que no se quiso ver durante años y que está a punto de explotar, tiene que ver con la disminución del número de cabezas. El proceso, lento pero inexorable, está relacionado con la necesidad del Gobierno de tener bien abastecido el mercado interno, con el propósito de no propiciar aumentos en el costo de un producto de consumo masivo tan sensible como la carne.

La presión oficial ha forzado a la Producción y a la Industria a mantener los niveles de oferta, y esto se ha logrado a un altísimo costo. Si bien la producción ha mejorado respecto de otras épocas, no ha crecido lo suficiente como para responder adecuadamente a la actual "exigencia". Esto ha puesto al sector contra las cuerdas, y el manotazo de ahogado podría costar muy caro.

Porque la peligrosa respuesta de los productores al "pedido" del Gobierno de mantener abastecido al mercado, fue comenzar a faenar hembras -muchas de ellas preñadas-. Esta acción, que en la actualidad ayuda a mantener la cantidad de carne que llega a las góndolas de supermercados y almacenes, y a las cámaras frigoríficas de las carnicerías, a futuro -no muy lejano- provocará una fractura en la producción, ya que bajará el número de hembras, reduciéndose el número de nacimientos y, por ende, la cantidad de hacienda.

Lo más preocupante de todo esto es que no se está tan lejos de importar carne, algo que no sólo suena increíble, sino que volvería a dejar al descubierto uno de los principales problemas del país: la falta de un plan nacional que defina criterios de sustentabilidad y crecimiento en todos los ámbitos -salud, educación, empleo, producción, etc.

¿Es tan difícil lograr que la producción aumente -con buenos niveles de calidad-, aprovechar los favorables precios internacionales -en el primer mundo se paga entre 25 y 80 dólares el kilo de carne-, y mantener abastecido a valores razonables el mercado interno? Si la ecuación saliera bien, todas las partes -Producción, Industria, Comercialización, Estado, consumidores- se beneficiarían. Por ahora, sólo algunas cadenas frigoríficas ganan mucho, mientras la mayoría de los productores reciben migajas y todos los consumidores pagan el pato.

Aún se está a tiempo de cambiar. El desafío es grande: dejar los parches y las mezquindades de lado, y asumir el compromiso de construir una ganadería -y un país- en serio.