Sir Alexander Fleming
Sir Alexander Fleming
(1881 - 1955)
Alexander
Fleming nació el 6 de agosto de 1881 en Lochfield,
Gran Bretaña, en el seno de una familia campesina afincada
en la vega escocesa. Fue el tercero de los cuatro hijos habidos
en segundas nupcias por Hugh Fleming, el cual falleció cuando
Alexander tenía siete años, dejando a su viuda
al cuidado de la hacienda familiar con la ayuda del mayor de
sus hijastros. A los veinte años, la herencia de un
pequeño legado le llevó a estudiar medicina.
Obtuvo una beca para el St. Mary's Hospital Medical School
de Paddington, institución con la que, en 1901, inició una
relación que había de durar toda su vida. En
1906 entró a formar parte del equipo del bacteriólogo
sir Almroth Wright, con quien estuvo asociado durante cuarenta
años. En 1908 se licenció, obteniendo la medalla
de oro de la Universidad de Londres. Nombrado profesor de bacteriología,
en 1928 pasó a ser catedrático, retirándose
como emérito en 1948, aunque ocupó hasta 1954
la dirección del Wright-Fleming Institute of Microbiology,
fundado en su honor y en el de su antiguo maestro y colega.
La
carrera profesional de Fleming estuvo dedicada a la investigación
de las defensas del cuerpo humano contra las infecciones bacterianas.
Su nombre está asociado a dos descubrimientos importantes:
la lisozima y la penicilina. El segundo es, con mucho, el más
famoso y también el más importante desde un punto
de vista práctico: ambos están, con todo, relacionados
entre sí, ya que el primero de ellos tuvo la virtud de
centrar su atención en las substancias antibacterianas
que pudieran tener alguna aplicación terapéutica.
Fleming descubrió la lisozima en 1922, cuando puso de
manifiesto que la secreción nasal poseía la facultad
de disolver determinados tipos de bacterias. Probó después
que dicha facultad dependía de una enzima activa, la lisozima,
presente en muchos de los tejidos corporales, aunque de actividad
restringida por lo que se refleja a los organismos patógenos
causantes de las enfermedades. Pese a esta limitación,
el hallazgo se reveló altamente interesante, puesto que
demostraba la posibilidad de que existieran sustancias que, siendo
inofensivas para las células del organismo, resultasen
letales para las bacterias. A raíz de las investigaciones
emprendidas por Paul Ehrlich treinta años antes, la medicina
andaba ya tras un resultado de este tipo, aunque los éxitos
obtenidos habían sido muy limitados.
El
descubrimiento de la penicilina, una de las
más importantes adquisiciones de la terapéutica
moderna, tuvo su origen en una observación fortuita.
En septiembre de 1928, Fleming, durante un estudio sobre
las mutaciones de determinadas colonias de estafilococos,
comprobó que uno de los cultivos había sido
accidentalmente contaminado por un microorganismo procedente
del aire exterior, un hongo posteriormente identificado como
el Penicillium notatum. Su meticulosidad le llevó a
observar el comportamiento del cultivo, comprobando que alrededor
de la zona inicial de contaminación, los estafilococos
se habían hecho transparentes, fenómeno que
Fleming interpretó correctamente como efecto de una
substancia antibacteriana segregada por el hongo. Una vez
aislado éste, Fleming supo sacar partido de los limitados
recursos a su disposición para poner de manifiesto
las propiedades de dicha substancia. Así, comprobó que
un caldo de cultivo puro del hongo adquiría, en pocos
días, un considerable nivel de actividad antibacteriana.
Realizó diversas experiencias destinadas a establecer
el grado de susceptibilidad al caldo de una amplia gama de
bacterias patógenas, observando que muchas de ellas
resultaban rápidamente destruidas; inyectando el cultivo
en conejos y ratones, demostró que era inocuo para
los leucocitos, lo que constituía un índice
fiable de que debía resultar inofensivo para las células
animales.
Ocho
meses después de sus primeras observaciones, Fleming publicó los
resultados obtenidos en una memoria que hoy se considera un clásico
en la materia, pero que por entonces no tuvo demasiada resonancia.
Pese a que Fleming comprendió desde un principio la importancia
del fenómeno de antibiosis que había descubierto
(incluso muy diluida, la substancia poseía un poder antibacteriano
muy superior al de antisépticos tan potentes como el ácido
fénico), la penicilina tardó todavía unos
quince años en convertirse en el agente terapéutico
de uso universal que había de llegar a ser. Las razones
para este aplazamiento son diversas, pero uno de los factores
más importantes que lo determinaron fue la inestabilidad
de la penicilina, que convertía su purificación
en un proceso excesivamente difícil para las técnicas
químicas disponibles. La solución del problema
llegó con las investigaciones desarrolladas en Oxford
por el equipo que dirigieron el patólogo australiano H.
W. Florey y el químico alemán E. B. Chain, refugiado
en Inglaterra, quienes, en 1939, obtuvieron una importante subvención
para el estudio sistemático de las substancias antimicrobianas
segregadas por los microorganismos. En 1941 se obtuvieron los
primeros resultados satisfactorios con pacientes humanos. La
situación de guerra determinó que se destinaran
al desarrollo del producto recursos lo suficientemente importantes
como para que, ya en 1944, todos los heridos graves de la batalla
de Normandía pudiesen ser tratados con penicilina.
Con
un cierto retraso, la fama alcanzó por fin a Fleming,
quien fue elegido miembro de la Royal Society en 1942, recibió el
título de sir dos años más tarde y, por
fin, en 1945, compartió con Florey y Chain el premio Nobel.
Falleció en Londres el 11 de marzo de 1955.
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