NOTA DIARIA

¿Crecimiento a cualquier precio?

 

Fuente: http://www.lajornadamorelos.com/suplementos
Escrito por IÑAKI VALENTÍN PÉREZ

 

El decrecimiento económico es un concepto político que parte de la base de que el crecimiento económico generalizado no produce efectos positivos para el ser humano y su medio. Esta idea se opone al consenso político muy extendido según el cual el aumento del nivel de vida, entendido éste desde parámetros economicistas, es el objetivo al que debe aspirar cualquier sociedad a futuro.

El decrecimiento económico se vincula con los conceptos de postdesarrollo y de decrecimiento sostenible, entendiendo la sostenibilidad como una propuesta de organización colectiva para evitar las consecuencias negativas de la necesaria disminución en la producción de bienes preconizada por el decrecimiento económico.


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La discusión en torno a la teoría del decrecimiento económico está cada vez más presente dentro de la izquierda y, asimismo, está siendo asumida de forma gradual por el movimiento altermundialista como fórmula de futuro que ponga a la persona en el centro de las decisiones políticas y económicas. De hecho, están surgiendo grupos de diversa índole (especialmente en Francia, Bélgica y Alemania) que llevan adelante la llamada “sencillez voluntaria” y que adaptan su forma de vida a esta teoría. Igualmente, están apareciendo diversas fórmulas y propuestas para que los gobiernos e instituciones supranacionales asuman la resultante del decrecimiento, sin mucho éxito hasta el momento.

Ejes fundamentales del decrecimiento económico

La doctrina del decrecimiento está fundamentada sobre cuatro premisas:

1. El funcionamiento del sistema económico actual depende de recursos y energías que se van a agotar. Por lo tanto, no es viable a largo plazo.

2. El crecimiento económico va a tener siempre una relación directa con el crecimiento del impacto ecológico.

3. Los bienes y servicios producidos por las economías no son la única riqueza: también lo son la buena salud medioambiental, la justicia eficaz y eficiente, los procesos de democratización, el carácter participativo de las instituciones,etc. El crecimiento de la riqueza material, medido en términos monetarios, se realiza en detrimento de estas otras riquezas. Por lo tanto, la persona debe volver a estar por encima de la economía.

4. Las sociedades actuales están alienadas por el consumo masivo de bienes materiales fútiles y artificiales.

El decrecimiento no implica que se persiga dicho decrecimiento sin más: se trataría de buscar una calidad de vida mejor y basada en otras premisas político-económicas, lo que conllevaría una redefinición del concepto de desarrollo. Toma como punto de partida el carácter obviamente parcial de la medición que supone el PIB y afirma que si se busca el restablecimiento de la riqueza en toda su amplitud es urgente que el PIB decrezca.

El decrecimiento económico está basado en la bioeconomía del profesor y economista rumano Nicholas Georgescu Roegen1 y nace de una controversia sobre el crecimiento y el aumento del PIB. La defensa del concepto de decrecimiento se fundamenta en que el crecimiento que mide este índice es de carácter cuantitativo y no cualitativo. Lo que el PIB mide, es decir, el aumento de la producción y de la venta de bienes, acentúa el desequilibrio norte/sur, la desigualdad social, la precariedad y la contaminación.

Este tipo de desarrollo económico se opone a los valores humanos que deberían fundamentar nuestra sociedad; además no tiene en cuenta el hecho de que el planeta posee limitaciones tanto en lo referente a sus recursos naturales como a su capacidad para soportar la destrucción de su biotopo. En este sentido, los/as economistas (liberales, marxistas, maltusianos…) siguen pensando erróneamente que la naturaleza puede adaptarse a sus modelos económicos.

Un planeta con los recursos limitados no puede soportar el crecimiento perpetuo del nivel de consumo actual basado en la extracción del stock natural y es necesario que los habitantes, principalmente de los países ricos, acepten una bajada en su nivel de consumo de energía y de bienes materiales. Esto no significa, ni mucho menos, un descenso en la calidad de vida; al contra ri o, la reducción del consumo y por tanto de la producción permitirían liberar a los/as trabajadores/as de labores superfluas, disminuir el estrés relacionado con el trabajo y, por supuesto, vivir en un entorno menos contaminado (La alegría de vivir de Nicholas Georgescu- Roegen, a la cual aspira todo ser humano). Una condición necesaria para esta disminución es la puesta en marcha de un sistema económico que no necesite un crecimiento perpetuo del consumo de bienes materia l e s, y por tanto de la producción, para asegurar su supervivencia.

Esto es lógico ya que la automatización y la mecanización disminuyen la necesidad de mano de obra y, por lo tanto, el sistema actual, basado en el trabajo asalariado, tiene la obligación de crear nuevas necesidades y nuevas labores para no generar un paro demasiado elevado que sería fatal para el propio sistema.

Desde el punto de vista medioambiental asistimos a una utilización masiva de recursos no renovables. El decrecimiento implica una bajada en su consumo o un consumo más eficiente de los recursos no renovables (carbón, gas…). Desde 1968, los expertos del Club de Roma, quienes por supuesto no tienen ninguna relación con los promotores/as del decrecimiento, avanzaron a través de los diversos informes que encargaron en años sucesivos la idea de que sería posible obte

Decrecimiento vs desarrollo sostenible

El decrecimiento se opone tanto a la economía neoliberal como a la noción de desarrollo sostenible. Desarrollo y sostenibilidad serían, hoy por hoy, incompatibles. El desarrollo sostenible ha pasado a convertirse en un argumento que utilizan los gobiernos y las propias multinacionales para demostrar, supuestamente, que tienen en cuenta los efectos medioambientales a la hora de tomar decisiones. Se ha transformado en la máscara para aparentar un respeto inexistente (no hay más que ver Kyoto) con el entorno. Mari Carmen Gallastegui4, a pesar de su postura no radicalmente prodecrecimiento, en una entrevista concedida al periódico El Correo dice que “el desarrollo sostenible se ha convertido en untérmino que se pone absolutamente a todo y, al final, no significa nada. En su concepción original tuvo una virtud: decirnos que teníamos que cuidar el medio ambiente y la cohesión social, que la economía debía ser próspera para garantizar renta suficiente para todos. Pero ahora se le pone el adjetivo sostenible a todo. (…) La naturaleza nos marcará unos límites que deberemos obedecer. Y es cierto que la tecnología nos ofrecerá cierta sostenibilidad...Pero al final deberemos imponernos unos hábitos de consumo y de producción que tengan en cuenta los límites de la naturaleza. ¡A no ser que nos queramos cargar el planeta!”

En definitiva, y como veremos más adelante, habría que reformular nuestra concepción del desarrollo y repensar igualmente el concepto de sostenibilidad para poder, en palabrasdel anteriormente citado profesor Latouche, “avanzar retrocediendo”.

Las críticas

El decrecimiento es considerado como un paso atrás por parte de sus críticos quienes, en general, piensan más en ridiculizarlo que en combatirlo con argumentos serios (a pesar de ello, hay algunos ra zonamientos que mueven a reflexiones de gran interés). En todo caso, lo conceptúan como un re t roceso en el reloj de la evolución humana y una utopía re a c c i onaria. Las críticas vienen desde:

a) El neoliberalismo, que defiende que el crecimiento tradicional puede resolver los problemas económicos y sociales que vayan surgiendo. Desde esta posición se entiende que el progreso resolverá los problemas de la contaminación y que la materia prima de nuestra sociedad tiene cada vez más que ver con el conocimiento

que con los recursos físicos. El PIB está cada vez más unido a los servicios no contaminantes y que no usan materias primas dentro de una sociedad global que funciona a base de redes. Actuaciones como los biocombustibles y algunas baterías con medidas de ahorro energético por parte de los gobiernos ayudarán a frenar el problema.

En definitiva, el capitalismo de mercado como solución.

b) Desde una parte de la izquierda, aun comprendiendo muchos planteamientos del decrecimiento, se considera que los puntos decisivos son la estrategia escogida para crecer y el control sobre la misma (quién decide y quién controla). Desde esta perspectiva el decrecimiento es utópico ya que no reflexiona sobre las fuerzas sociales que pueden arrancar el control de la economía de sus actuales poseedores.

c) Con un enfoque de cooperación internacional y solidaridad es ciertamente problemática la cuestión de cómo han de crecer los países del sur y cómo casa el concepto de decrecimiento en países que se han visto privados durante mucho tiempo de niveles de vida equiparables a los del norte y que, no nos engañemos, es a lo que aspiran la mayoría de sus habitantes.

¿Quién le pone el cascabel a este gato?

Personalmente no tengo ninguna intención de perder el tiempo en debatir sobre las soluciones que ofrece el nuevo liberalismo económico; mientras la economía de mercado sea el centro sobre el que pivoten las medidas sólo iremos a peor. Por el contrario, las críticas que provienen de la izquierda sí merecen un pequeño apunte. Las trabas que se imponen al decrecimiento son un tanto “escurridizas”; si bien es cierto que los/as teóricos/as del decrecimiento no ponen sobre la mesa todo un elenco de recetas para, en términos cuasi-marxistas, apropiarse del control de la economía (y del poder) esto no sólo no anula la teoría, sino que sería una oportunidad grandísima para repensar una izquierda cada vez más mustia, partitocrática y acomodaticia a la que le parece normal (o al menos así actúa) la aceptación del mercado como campo de juego obligatorio en lugar de poner al ser humano en el centro de su pensamiento.

Otro elemento para la reflexión es que en los países más “desarrollados”, en teoría, se tiende más a una economía de servicios, desplazando otros sectores a los nuevos países emergentes y en “vías de desarrollo”. Y sobre esta cuestión, muy relacionada con el enfoque de cooperación que antes apuntábamos, no se están haciendo reflexiones serias, incluyendo aquí a las propias ONG.

Se sigue hablando de las formas de desarrollo locales que habría que proteger y preservar y, desde luego, contra eso no hay crítica alguna que hacer, si no fuera porque, desgraciadamente, ese tipo de idea se aplica sólo a un número de población cada vez más reducido, teniendo en cuenta que los grandes núcleos de población urbana

están ya subsumidos, al menos en cuanto a lo que el concepto de desarrollo significa a día de hoy, en la dominación capitalista neoliberal. Me gustaría que alguien fuera a Säo Paulo o a Rio de Janeiro a explicarle a la gente de las favelas que su objetivo no tiene que ser consumir en la misma proporción que las personas de clase media o alta (sí, las clases existen en el norte y en el sur, lo mismo que la izquierda y la derecha) y, después de ese paseíto pasarse por los barrios acomodados para conseguir que entiendan que hay que poner el acento en cuadrar decrecimiento con justicia social y que su tren de vida tiene que cambiar y desacelerarse. Bueno, pues si lo anterior resulta complejo, pensemos ahora en el mensaje que habría que transmitir en el norte una vez nos hayan tirado al Océano Atlántico desde el Cristo Redentor… complicado ¿verdad?

Desde luego, el partido comunista chino ya ha dejado claro que para su país es fundamental el crecimiento económico y el desarrollo a la occidental. ¿De verdad alguien se cree un crecimiento similar al nuestro en Latinoamérica, India, China…? Simplemente, es imposible. Así que no nos queda otra que reconsiderar el concepto de desarrollo para los años venideros quizás, por qué no, tomando como base teórica los indicadores de desarrollo humano del PNUD ampliados y corregidos.

Entonces sí podríamos hablar de sostenibilidad: cómo sostener el decrecimiento para crear nuevos sistemas de relación en diferentes niveles estructurales y no caer en el caos. En definitiva, aunque puede producir cierta sensación de vértigo, estamos abocados/as a hacer algo. Modular el grado de radicalidad de las medidas a tomar depende de lo que tardemos en actuar y de cómo consigamos rehumanizar la economía y desgajar el poder político del control económico; recordemos que ya conseguimos, al menos en Europa, separar e poder político del religioso tras un largo proceso (si bien es cierto que España tiene su desgraciada particularidad en esta cuestión). Los/as ciudadanos/as y las ONG tenemos mucho que decir, pero los gobiernos de turno y las entidades supranacionales tienen que dar un paso al frente y no demorar más la cuestión. El problema es quién o quiénes son los primeros

en ponerle el cascabel a este gato, quién o quiénes se atreverán a llevar medidas impopulares en sus programas electorales (restricciones en la producción y acceso a los bienes de consumo, fiscalidad realmente redistributiva, límites eficaces a las transnacionales, intervencionismo…). Si no salimos de los conceptos actuales, si no emprendemos una revolución dentro del sistema seremos más vulnerables como individuos y como sociedad el día en que estas medidas hayan de afrontarse porque ya no quede más remedio, de forma expeditiva y con consecuencias difíciles de prever. Y aquí dejamos abierto el debate, por ahora.