Los expertos dicen que los próximos 10 años serán de carestía alimentaria, y aunque reconocen que existen muchas maneras de reducir el precio de la comida, aseguran que ninguna funcionará porque ninguna será fácil la crisis alimentaria que acecha al mundo tiene dos caras. Por ejemplo, en Estados Unidos, el país más poderoso de la Tierra, los compradores no pueden creer lo que están viendo: aumentos de precio de la leche, la carne, los huevos, el arroz y el aceite.
En otros lugares del mundo también se han encarecido los alimentos, pero la angustia de los consumidores no se queda en el asombro de lo que ven, sino que se derrama en las calles a través de la violencia, como ya ha ocurrido en Somalia, en Egipto, en Haití y más recientemente en Nairobi.
La tensión en los consumidores estadounidenses al enfrentar los aumentos más agudos en muchos años, es pequeña comparada con el hambre que ya se vive en Mianmar, en Haití y en Somlia. De hecho, la carestía de alimentos está profundizando la crisis de lo que podría suceder en muchas regiones del planeta.
Y sin embargo, la conexión entre el mundo desarrollado y el que se encuentra en desarrollo, será crucial para resolver lo que un oficial de Naciones Unidas llama “un tsunami silencioso” que ha hundido a 100 millones de personas en una situación casi insoportable.
Para paliar las dificultades, los líderes mundiales están solicitando ayuda de emergencia y cambios en la política mundial.
Pero las soluciones no serán fáciles de descifrar, dado que la escalada de los precios de los alimentos tiene muchas facetas, entre ellas los elevados precios del petróleo, que han puesto nueva presión en los insumos de la producción agrícola, desde fertilizantes más caros, hasta tractores y transportes que exigen más dinero para hacer sus labores.
Al mismo tiempo, la demanda de granos nunca ha sido tan alta como ahora, estimulada por la creciente capacidad de compra de los chinos y los indios, dos sociedades en franco crecimiento, que compran cada vez más alimentos en el mercado mundial.
Y podrían venir tiempos peores si continúan las sequías que se han desatado en varias regiones del mundo, incluyendo Australia, España y Estados Unidos.
Otro elemento de tensión son los inversionistas que han puesto mucho de su dinero en la industria alimentaria, pero lo han hecho como una forma de reacción ante un dólar débil, afectado por reducciones en las tasas de interés controladas por la Reserva Federal de Estados Unidos.
En los países afectados por el fenómeno, gobiernos llenos de pánico han respondido a los precios altos de los granos, con restricciones a las exportaciones, pero de esa manera sólo han empeorado la escasez de alimentos.
Mientras tanto, las naciones ricas no han ayudado a los países pobres a volverse autosuficientes en alimentos, razón por la cual Naciones Unidas está enfrentando una creciente solicitud de ayuda alimentaria. De hecho, en este momento la ONU confronta una crisis, mientras busca llevar alimentos a las zonas de Mianmar destrozadas por un ciclón.
Todo este panorama sólo hace que sea más urgente la necesidad de que los líderes mundiales actuen. Pero las ideas que sopesan no atenuarán la crisis contra el alza global de los precios de los alimentos; de hecho, ya se encuentran enfrentados a un planeta sin suficiente recursos para atender la creciente demanda de comida que cada día explota en nuevas regiones.
Producir combustible de los cultivos que se usan en la alimentación humana —maíz en Estados Unidos, y aceite de palma y soya en Europa— está contribuyendo en gran medida al aumento en los precios de los granos, según el Instituto de Investigación de Políticas Alimentarias, de Estados Unidos.
Un oficial de Naciones Unidas ha catalogado de “criminal” la política de usar granos para producir etanol, y ha solicitado una moratoria de cinco años en la producción de los biocombustibles.
Pero según los expertos, no será posible cerrar de golpe la llave del etanol, porque miles de millones de dólares han sido invertidos en infraestructura para producir esos combustibles
“Revertir esa política no sólo causaría muchos problemas en los productores de maíz, sino que cortaría una importante fuente de inversión, ya en marcha”, dice un experto (ésta es la razón por la que el Congreso de Estados Unidos, está buscando reducir, en lugar de detener la producción de etanol).
Casi todos los alimentos con destino al extranjero, regalados por el gobierno de Estados Unidos —el equivalente a 2 mil millones de dólares anuales— proviene de los excedentes de las cosechas de los granjeros de ese país.
Esos excedentes son comprados por el Gobierno estadounidense a productores estadounidenses, cargado en barcos estadounidenses y enviados a miles de kilómetros de distancia, donde los alimentos son entregados a las agencias humanitarias, que los hacen llegar a su destino final y los venden a precios muy reducidos o los regalan.
Pero una mejor forma de canalizar esta ayuda, dicen los expertos, sería no donar los alimentos, sino el dinero para comprarlos.
“El dinero en efectivo”, dice la vocero del Programa Mundial de Alimentaos de la ONU, Jennifer Parmelee, “nos permitiría comprar los alimentos más cerca del área en donde queremos entregarlos, lo cual significa un precio más bajo y una disponibilidad más rápida”.
Por lo tanto, dinero en vez de alimento, sería más útil para llevarle comida los que tienen hambre.
Sin embargo, el Congreso de Estados Unidos ha preferido la política de entregar alimento en vez de dinero, porque de esa manera se crea una cadena de negocio entre los productorres que vender sus excedentes y los grandes transportitas que los llevan a su destino final.
La administración de Bush está de acuerdo con que EU compre una cuarta parte de los alimentos en regiones más cercanas a las areas necesitadas, pero esto no ha funcionado porque los legisladores no lo han aprobado (ellos prefieren el gran negocio de la compra y el transporte de granos como una actividad netamente estadounidense).
Mientras 25 mil personas mueren diariamente de hambre en el mundo, Estados Unidos desperdicia 43 mil millones de kilogramos de comida al año, o sea 145.5 kilogramos por persona.
Esto significa que la gente opulenta nunca ha estado consciente de lo que significa vivir en un planeta lleno de gente, con demanda de comida creciente,con recursos naturales agotados y con severos cambios climáticos.
Pero los precios en los supermercados ya están enviando ondas de choque por todo Estados Unidos. Es el primer asomo a la necesidad de buscar soluciones urgentes a una crísis alimentaria que pronto todos —pobres y ricos— estaremos compartiendo.